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Guía

La primera vez, entre dos

Este artículo va de la parte de pareja: cómo se propone, quién marca el ritmo y qué se hace con lo que pasa después. La parte técnica y de material tiene su propio sitio y no la vamos a resumir mal aquí, pero hay tres reglas de seguridad que no se pueden omitir en ningún texto sobre esto y van al final, sin adornos.

Lo primero que hay que deshacer

Existe un guion por defecto sobre quién propone y quién recibe en esta práctica, y es falso en la mayoría de los casos reales. No hay un reparto que venga dado por el tipo de pareja que seáis ni por el cuerpo que tenga cada uno. Quien recibe puede ser cualquiera de los dos, y en muchas parejas acaba siendo quien no lo esperaba.

Merece la pena decirlo antes de nada porque ese guion hace un daño concreto: si uno de los dos da por hecho su papel antes de hablar, la conversación empieza con una asignación en lugar de con una pregunta.

La conversación previa

Sirve todo lo del guion general para proponer, con dos cosas propias.

Hay que nombrar el miedo real, que no es el dolor. Es la suciedad, y no hablarlo es lo que hace que mucha gente diga que no a algo que le apetecía. Se resuelve en una frase adulta y sin dramatismo: puede pasar, se limpia, no es una catástrofe y no cambia nada. Una pareja que puede decir eso en voz alta antes está en muchísimas mejores condiciones que una que lo descubre en el momento sin haberlo previsto.

Hay que separar curiosidad de compromiso. "Me apetece probar" no es "vamos a hacerlo entero". Acordar de antemano que probar significa empezar y ver, con permiso explícito para parar en cualquier punto sin justificarlo, quita casi toda la presión. Y quita también el otro problema, que es que quien recibe aguante por no decepcionar.

Quién manda

Esta es la única regla de reparto que importa y no admite matices: el ritmo entero lo marca quien recibe. La velocidad, la profundidad, cuándo se para y cuándo se sigue.

Suena obvio escrito y en la práctica se incumple constantemente, casi siempre sin mala intención, porque quien está en el otro lado no tiene información directa de lo que está pasando y llena el hueco con suposiciones. La forma de evitarlo es que quien recibe hable, no que quien hace adivine. Una frase cada poco basta: sigue, para, espera, otra vez.

Y una palabra de parada acordada antes, aunque parezca excesivo para algo que no es una escena elaborada. No es teatro: es que en mitad de algo así "no" a veces se dice con un tono que se puede confundir con otra cosa, y una palabra neutra e inequívoca elimina la ambigüedad.

Ir despacio, de verdad

La expectativa razonable para una primera vez es que no se llegue a nada más que a explorar. Eso no es un fracaso, es el resultado normal y el que deja la puerta abierta.

Lo que convierte una primera vez en una última vez casi nunca es el dolor puntual. Es la sensación de haber tenido que llegar a algún sitio. Si quien recibe termina con la impresión de haber cumplido un objetivo ajeno, no va a haber segunda, y probablemente tampoco va a decir por qué.

Hay un detalle práctico que ayuda más que cualquier consejo: que la primera vez la dirija quien recibe con su propia mano y su propio tiempo, con el otro presente. Se aprende más sobre el propio cuerpo en diez minutos así que en tres intentos guiados por otra persona.

Después

La conversación de después existe y casi nadie la tiene, porque el momento invita a no hablar.

No hace falta un análisis. Hacen falta dos preguntas al día siguiente, no esa misma noche: qué ha estado bien y qué no repetirías. Preguntarlo en frío da respuestas mucho más honestas que preguntarlo con la otra persona todavía al lado esperando una nota.

Y una advertencia sobre la deuda. En algunas parejas se instala la idea de que si uno accedió a algo, el otro le debe algo. Es una forma silenciosa de convertir el sexo en un intercambio con contabilidad, y es corrosiva a medio plazo. Lo que se hace se hace porque apetece o no se hace.

Las tres reglas que no se saltan

Aunque el enfoque de este texto sea el de pareja, hay tres cosas que ningún artículo sobre esto debería omitir.

  1. Base ancha, siempre. Cualquier cosa que entre tiene que tener un tope claramente más ancho que el cuerpo del objeto. El motivo es anatómico y conviene entenderlo en lugar de memorizarlo: el esfínter interno es músculo involuntario, no responde a que tú quieras abrirlo, y se cierra por detrás de lo que ya ha pasado. Al otro lado hay una zona más ancha, así que el objeto deja de tocar las paredes y no queda nada de donde agarrarlo desde fuera. Sin base ancha, esto termina en un servicio de urgencias.
  2. Lubricante, en cantidad y del adecuado. Esta zona no lubrica. Sin lubricante hay microdesgarros, que además de doler aumentan el riesgo de infección. Base agua con silicona, o base agua a secas si el juguete es de silicona.
  3. Nada anestésico. Los geles que prometen quitar la molestia quitan la señal, no el daño. El dolor ahí es la única información fiable de que algo va mal, y anularlo es exactamente lo contrario de lo que hay que hacer.

Y una cuarta que es de sentido común y se olvida: si hay dolor que no cede al parar, sangrado que no es un rastro mínimo, o molestia que sigue al día siguiente, eso es una consulta médica y no una duda de tienda.

Contenido informativo. No sustituye el criterio de un profesional sanitario y no atribuye a ningún producto una finalidad curativa.

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